Lugar de Encuentro de lo sagrado y lo profano

El parto del cristianismo rebelde

18-Junio-2008    Enzo Mazzi
    Publicamos el primero de los artículos de ADISTA sobre los diversos aspectos en que se evolucionó la Iglesia italiana en 1968. En este nos cuenta Enzo cómo la comunidad parroquial, en la que se unían creyentes e militantes obreros para ser el alma del barrio, fue expulsada de la Iglesia pero se mantuvo viva en la plaza, a la intemperie, durante años y años.

Enzo Mazzi fue párroco del barrio popular del Isolotto de Florencia desde 1954 hasta 1968, cuando fue removido por el card. Florit por sus posiciones progresistas y por haber expresado solidaridad con los jóvenes que pocas semanas antes habían ocupado la catedral de Parma. Como les cerraron físicamente la Iglesia, toda la comunidad se fue con el fuera de la parroquia, a la plaza del Isolotto, donde nació la comunidad de base tal vez más emblemática de toda Italia. En 1970 le dedicaba Iglesia Viva este artículo de Goyo Ruiz.

Hay quien define el 68 como un delirio colectivo de omnipotencia que fracasó miserablemente al primer choque con la realidad. Obviamente no comparto esta crítica. No hay duda de que nos preparábamos a cambiar el mundo, pero no a dominarlo. Mientras en los delirios de grandeza comunes de los disturbios paranoicos está implícito el sentido del poder más allá de cualquier límite, en el fondo de las distintas expresiones del 68 plural yo encuentro la necesidad de salir de la cultura del todo, que desde la Edad Media se había insinuado en la Modernidad hasta generar la bola de fuego de la bomba, y de tender hacia la cultura de la nada. Alguien ha acuñado una expresión que no está lejos de la realidad del 68: cambiar el mundo sin tomar el poder. Me parece que tal vez sería más apropiada la idea del parto: del «todo» del «seno materno», instituciones, ideología, fronteras, patria, iglesia, costumbres, a la «nada» de un mundo nuevo, sin contornos, apenas entrevisto por ojos inseguros, incapaces todavía de distinguir lo vacío de lo lleno. Así como el 68 contiene muchos sesentayochos, también el parto contiene muchos partos. Uno para mí tiene esta fecha: 31 de octubre de 1968. Ésta, para quien lo ha vivido directamente o por referencia, conserva todavía hoy un marcado significado simbólico. Como la cima de una montaña, abre un horizonte nuevo en el que se coloca el nacimiento de la «Comunidad del Isolotto de Florencia» como comunidad de base, y en cierto modo, por la convergencia de caminos diferentes, el surgimiento de tantas otras comunidades de base italianas.

Aquella tarde de otoño en la plaza del Isolotto se reunieron miles de personas (calculamos, quizá generosamente, unas diez mil) plenamente conscientes de estar asistiendo a un parto: según su percepción emotiva, aunque no igualmente clara en todos y tal vez poco clara racionalmente en todos, estaban contribuyendo al nacimiento del aquel Pueblo de Dios, nuevo centro de la Iglesia, que el Concilio había concebido como principio, pero al que no había querido o podido darle forma y cuerpo y vida. Digamos, en primer lugar, que el neonato no era para nada hijo de curas, no tenía facciones clericales, no gritaba en gregoriano. No se trataba, pues, de una especie de asamblea constituyente, cuestiones todas internas de la Iglesia. El neonato del Isolotto tenía las facciones, la sonrisa y el llanto, un poco gritón, de todos los miles y miles de neonatos del mundo de aquel año singular. El «parto isolottiano» era la demostración de que la revolución cultural y social involucraba todos los aspectos de la sociedad, sin excluir ninguno, comprendido el aspecto religioso y, más propiamente, eclesial. Hay otra cosa, importante para nosotros, que decir: la asamblea del 31 de octubre se desarrolla formalmente para dar una respuesta al ultimatum que el cardenal Ermenegildo Florit dirigía únicamente al párroco don Enzo Mazzi: «o te retractas o te destituyo». Debía retractarme de una carta de solidaridad a los jóvenes católicos que el 14 de septiembre habían ocupado simbólicamente la catedral de Parma. Esto es ya sabido. Sin embargo, no es tan conocido que dicha carta de solidaridad, bastante dura con la jerarquía, había sido leída durante la misa en tres iglesias parroquiales florentinas: Isolotto, Casella y Vingone, y firmada por los tres párrocos, por otros sacerdotes y por algunos centenares de fieles. Sólo a mí me pedían rectractarme bajo amenaza de ser removido como párroco.

La Comunidad non sólo veía la necesidad de defender a su propio párroco sino que principalmente sentía la necesidad de afirmar su propia subjetividad y su responsabilidad colectiva. Somos Pueblo de Dios, el párroco es uno de nosotros. La necesidad de responder es por decirlo así el contorno, la ocasión contingente. En el fondo, sabíamos que existe otro del cual somos testigos. La gestación venía de lejos. Era la misma gestación, el mismo proceso de transformación profunda de la sociedad y de la Iglesia que había precedido al Concilio. A aquella gestación el papa Juan le había dado voces e instrumentos operativos convocando la asamblea conciliar. Aun sin el ultimátum del cardenal Florit nos habríamos unido antes o después a aquel parto. Por más esfuerzos que hiciéramos, el evangelio y la exigencia de comunidad chocaban constantemente contra el muro del «Templo», esto es, contra la irreformabilidad de la estructura parroquial fundada sobre el ministerio ordenado del párroco.

El neonato balbuciente del 31 de octubre de 1968 en el Isolotto tiene hoy 40 años. En el momento del parto no tenía ante sí más oportunidades que las de todos los recién nacidos: abrir los ojos a la luz y empezar a respirar gritando con toda la fuerza de una vitalidad que irrumpía incontenible.

¿Y hoy…?

Añado unos apuntes de mi libro aún fresco de tinta Cristianismo rebelde (Manifestolibri, Roma 2008): Hoy tampoco tenemos más que la apuesta. Es la misma apuesta de Jesús y de Sócrates. La llamada «disensión católica» —expresión fundamentalmente errada por sus connotaciones únicamente negativas— es en realidad un tender positiva y creativamente hacia el vacío. El que quiera puede llamarlo fe. Entre fe y vacío siempre ha habido una simbiosis profunda. Podemos atrevernos a imaginar que nos encontramos en las condiciones del feto en formación, cuyas estructuras sensitivas y psíquicas esperan en la oscuridad y en el silencio ovalado del saco amniótico la hora del parto y se preparan para él. Somos fetos en perenne formación llamados por un «Otro», que nos espera y que podemos sólo entrever.

[Traducción para Atrio de MJG]

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