Lugar de Encuentro de lo sagrado y lo profano

Pensando en voz alta

01-Julio-2008    Atrio
    Gabriel Sánchez desde Montevideo y Juan Cejudo desde Cádiz han escrito a la limón este artículo, firmándolo en la fiesta de Pedro el pescador y pensando en los disperos lectores de ATRIO. Es una prueba de las posibilidades que nos ofrece la técnica de los nuevos tiempos. Que desgraciadamente puede servir también para aislar y manipular a la gente. Esa es la preocupación de la que parten los autores.

Entre el modelo carismático itinerante de Jesús, las comunidades en las casas de Pablo, de Juan y de los helenistas, y este modelo de Iglesia supercentralizado, férreamente normatizado y estructurado, existen enormes diferencias, incluso algunos antagonismos. ¿Qué justifica esos cambios en la comunidad de los discípulos de Jesús de Nazaret? ¿Qué es esencial y qué es accidental en estos cambios? ¿Es simplemente la respuesta de la comunidad a la realidad que cambia? ¿Hay otros ingredientes? ¿Cuál de todos los modelos de Iglesia existentes hoy responde con más claridad a la realidad de nuestro mundo globalizado, pero enormemente dividido e injusto? Un mundo con grandes muchedumbres marginadas del sistema y con un proceso creciente de concientización de algunos sectores sociales de la necesidad de movilizarse y actuar contra el sistema y sus injusticias; un mundo plural, multicolor y multicultural, y necesitado de una pluralidad de diálogo religioso, que a su vez implica un dialogo intercultural. ¿Cuál debería ser nuestra respuesta eclesial?

El sistema intenta aislarnos, fomenta las actividades individuales sobre las grupales, utiliza el temor o la saturación de consumo tecnológico para evitar que se multipliquen los lugares en donde la gente pueda reunirse, tomar contacto con la realidad y elaborar su propio diagnostico para actuar en consecuencia.

En un mundo dividido se crean y multiplican instrumentos que intentan fragmentar, dividir, encerrar. En grandes zonas del planeta se aísla a las familias y a los individuos, transformándolos en un síndrome, el de individuos que pareciendo muy informados se vuelven cada vez más manipulables, egoístas, encerrados en sus propias realidades, sin dinámicas de comunicación con la realidad.

Pero existen otros lugares de encuentro, quizás más personalizados: las comunidades donde el pueblo se organiza y participa y, más específicamente, las comunidades eclesiales de base, las comunidades populares, algunos movimientos laicales…

Son ámbitos de encuentro personalizante, que ayudan a superar el individualismo al que nos quiere someter el sistema. Para poder entender esta forma de vida en comunidad que nos ayude a superar el aislamiento y la soledad, debemos hacerlo con fórmulas imaginativas y nuevas. Las comunidades deben estar en contacto con la lucha cotidiana de su pueblo, procurando transformar la sociedad en una sociedad más justa.

    «La salvación cristiana, para ser salvadora, tiene que ser universal y total. En consecuencia, la salvación, en el sentido de algo que nos realiza, debe implicar como requisito mínimo que ningún grupo se realice a expensas de otro. Esto no supone que la salvación cristiana pueda reducirse a la construcción de una sociedad humana universalmente justa. Pero sí implica que la construcción de tal sociedad constituya un ingrediente mínimo en la salvación cristiana».(Edward Schillebeecks, Concilium. Revista Internacional de Teología. Nº Extraordinario 138-B. Madrid, 1978)

Si continuamos en la línea de Schillebeecks, un paso necesario al Reino es el aportar la capacidad que tenemos para transformar la realidad. La Gaudium et spes nos dice claramente en su Nº 1, que esa transformación de la realidad debe implicar necesariamente nuestra inserción en ella y que está motivada «porque todo lo verdaderamente humano encuentra eco en nuestro corazón», porque primero lo encontró en el corazón de Cristo.

Es un dato de ciencia sociológica, que si un cuerpo normativo o una estructura con larga y rica historia pretenden tener una relevancia dentro de la cultura deberá aggiornarse a la realidad cambiante.

La Iglesia institucional debe transformar ciertas rigideces normativas, estructurales y de lenguaje para poder presentarse como madre entrañable a los hombres que viven, luchan y sueñan en este tercer milenio.
Parecería que una pequeña comunidad fraterna, humana y acogedora ha sido en el pasado y puede ser hoy un lugar en donde confrontar la vida y la Palabra, una comunidad necesariamente abierta a la realidad del mundo que la rodea, inserta en la lucha por la construcción de una sociedad humana universalmente justa, que hoy pasa por convertir al sistema neoliberal, verdadera cultura de la muerte, en un sistema que comparta en justicia e igualdad. Donde los países y los pueblos puedan acceder a una relación económica, política y social más justa —verdadera cultura de la Vida—, se da una respuesta válida al desafío que el Maestro nos presenta desde el corazón mismo de nuestro tiempo, no sólo en su dimensión antropológica, sino en su dimensión espiritual y teológica.

Si sentimos que esas pequeñas comunidades pueden ser una respuesta válida, tenemos que intentar liberarlas del rígido marco institucional y normativo, permitir que existan ciertas flexibilidades y conexiones empáticas entre las comunidades, la lucha cotidiana de todos los hombres y la institucionalidad. Que nos permitan ir incorporando a la institucionalidad paulatinamente la praxis de las comunidades y elaborar así un marco de comunión con esas comunidades, que normalmente se reúnen en la casas… Esto implicará no sólo un esfuerzo de diálogo entre las comunidades y la institucionalidad, sino también con la personas comunes (sea cuál sea su tradición religiosa, incluso con ateos) y con una ingente porción del Pueblo de Dios, que se inserta en la Iglesia a través de formas más tradicionales, evitando siempre que las Comunidades de base puedan difuminarse e integrarse en la institucionalidad, con el riesgo de poder dejar de ser ellas mismas en su fidelidad al compromiso con los sectores más empobrecidos y en la vivencia de una vida en comunidad mucho más rica por la intercomunicación (de vida, de bienes y de acción) y en la creatividad que expresan los miembros de la comunidad de los signos en la expresión de la fe.

Nos parece que debemos realizar un esfuerzo creativo de dialogo en comunión, cuyo sustento sea el respeto, el amor y la apertura al Espíritu de Dios.

Por todo el mundo, desde la frontera, se multiplican hoy en la Iglesia las experiencias de comunidades que se reúnen en las casas o en otros lugares. Podemos ignorarlas, combatirlas, perseguirlas, intentar imponerles una normatización rígida…o entender que son un signo de los tiempos y potenciarlas y fomentarlas en mutua interpelación.

El camino que elijamos construirá nuestra respuesta de Iglesia a este tiempo que nos toca vivir.

29 de Junio de 2008
Gabriel Sánchez.- Montevideo (Uruguay)
Juan Cejudo- Cádiz (España)

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