Lugar de Encuentro de lo sagrado y lo profano

Conciencia y libertad de los diputados

02-Noviembre-2006    Juan Masiá

De nuevo ha tropezado el portavoz de la Conferencia Episcopal en la misma piedra. Y de nuevo ha provocado vergüenza ajena en quienes, precisamente por compartir sus valores, se ven en la obligación de disentir de sus conclusiones.

Por coincidir con la Conferencia Episcopal en la protección de la vida, nos duele el flaco favor que hace a esa defensa la ingerencia inapropiada en el debate parlamentario. Ya el pasado 31 de marzo, en la nota publicada en contra de la Ley de Reproducción Asistida, decían que «no será posible a los diputados católicos apoyar esta ley con su voto». Ahora, en la nota del 24 de octubre, en contra de la Ley de Investigación Biomédica, se dice que «no podrán darle su voto favorable sin ponerse objetivamente en desacuerdo con la doctrina católica». Pase el que se exhorte a votar en conciencia. Pero, ¿cómo se puede imponer el contenido de ese voto, si es en conciencia? A esto se le llama en lógica, contradicción en los términos. En teología moral, es un suspenso. No se puede identificar a la Iglesia con un partido totalitario de rígida disciplina de voto. Dice el Concilio Vaticano II: «Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores… La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno» (Gaudium et spes, n. 76).

Además, se repite también en esta ocasión el problema de los malentendidos científicos y éticos, al echar en cara a la ley la clonación de seres humanos; al confundir la activación de ovocitos por transferencia nuclear con la clonación reproductiva; al confundir a esos ovocitos con pre-embriones y a los pre-embriones con personas.
Es cierto que el proyecto de ley contiene aspectos que pueden y deben ser enmendados en un debate parlamentario sin crispación. Es, por ejemplo, muy atinada la observación de los obispos sobre el tema de las explotación de la mujer y la obtención de óvulos. Ganarían credibilidad para dar cauce a esas enmiendas, si no se extralimitasen en su beligerancia de oposición.

Tanto el votar en contra por razones religiosas como el votar a favor por razones políticas coinciden en ser posturas ideológicas que impiden la deliberación seria sobre cuestiones científicas y éticas. Esto es especialmente importante cuando nos movemos, como ha dicho el cardenal Martini, «en esas zonas grises en que no se puede entrar dando juicios apodícticos» (L’espresso, 21, abril, 2006).

En todo caso, no privemos a los diputados cristianos de su conciencia y su libertad, prendas inalienables de su fe. De lo contrario, corremos el peligro de caer en otra clase de clonación reprobable: la de clonar a los fieles como a ovejas, imponiéndoles el pensamiento único.

(Publicado el 2 de noviembre, 2006, en “La Verdad”, de Murcia)

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