Lugar de Encuentro de lo sagrado y lo profano

Laicidad o laicismo: términos para una polémica.

13-Diciembre-2006    José Ignacio Calleja

    Notas a vuela pluma sobre la lectura crítica del Manifiesto del PSOE, por Monseñor Sebastián Diciembre de 2006
En primer lugar, es de agradecer la claridad en su definición de los conceptos laicidad y laicismo (n 2), y la legitimidad de su interpretación, pero reconociendo, a la vez, que este concepto es un modo dominante hoy en los ambientes democráticos católicos y algo menos en los ambientes democráticos no católicos. En la democracia, se puede tener un concepto más neutro, no neutral, pero sí más neutro de la laicidad y más neutro del laicismo. Conviene decirlo. En segundo lugar, el mínimo común ético, constitucionalmente consagrado, es cierto que no debe pretender un valor “supremo y definitivo”, sin sujeción a “ningún orden preestablecido de rango superior”. Esto es así en el orden de lo relativo a la conciencia, del fundamento del bien y el mal, y del sentido último de la vida; pero en una sociedad laica, no hay obligación de afirmar o referirlo constitucionalmente todo a un “orden preestablecido de rango superior”. De tejas abajo, seguiría siendo una realidad a conocer conforme a la razón y concretar conforme a los procedimientos democráticos. Por supuesto, con todos los derechos para la objeción de conciencia en cada caso. En tercer lugar, si el manifiesto del PSOE descarta las convicciones religiosas y morales de los ciudadanos como inspiradoras de la convivencia, y reclama para el poder político configurar la nueva conciencia de los ciudadanos en sustitución de su conciencia religiosa y moral, por lo menos en lo concerniente a la vida social y política, comparto la crítica del Sr. Arzobispo. No creo, de todas formas, que esto sea tal cual. Ni la conciencia moral y religiosa (católica) de los ciudadanos es tan clara como pretende el Sr. Arzobispo, ¡y bien que lo siento!, ni evoluciona inalterable desde 1978, ni su sustitución es tan ajena a la voluntad de muchos ciudadanos como se dice. Con todo, valoro la crítica de fondo. En cuarto lugar, la presunción de fundamentalismo que recae sobre la religión y su moral, en muchos ambientes y pensadores laicistas, es ciertamente exagerada. La respuesta del Sr. Arzobispo de que, al menos en lo que se refiere a la religión cristiana y católica, esta manera de ver las cosas no responde a la realidad y resulta objetivamente ofensiva, es comprensible. Con todo, no me parece un argumento definitivo obviar los hechos, para fundar el rechazo en textos del Magisterio de la Iglesia. Reconocer la distancia, a menudo extrema, entre los textos y muchas realidades del catolicismo español, sería un ejercicio de sinceridad histórica nada despreciable. La teología de la caridad y la moral política cristiana han ido, y van, muy por delante de la conciencia de aprecio al juego democrático en muchos cristianos. No reconocer la dificultad que todavía tiene el mundo de los ciudadanos católicos para practicar la tolerancia y el pacto democrático entre distintos, (no sólo ellos), es salirse del país real en que vivimos. La dificultad de los católicos para diferenciar en sus convicciones morales su fundamento religioso y su fundamento racional, la necesaria coherencia y convergencia entre ambas nociones como pretensión al menos, y cómo han de esforzarse en el camino de la razón para hacerse entender por todos, cuando se dirigen a todos; y cómo al acogerse al orden natural de las cosas (ley natural) lo hacen legítimamente, pero sin privilegio alguno en su interpretación, como si la fe, fuera de la comunidad, tuviera derechos sobre la verdad moral que todo el mundo, en la sociedad laica, debiera reconocer. Todo esto, si no se dice, se debe insinuar, para dar una fotografía más real del catolicismo español en una sociedad laica, que no laicista. Que para tener un sentido tolerante y democrático de la convivencia, los católicos españoles están bien pertrechados con sus convicciones religiosas y morales, nadie debería dudarlo, pero que la práctica cotidiana deja bastante que desear, es algo que cualquier católico medio lo percibe en las reuniones de muchos colectivos. La postulación de la catolicidad de la moral y la cultura de la inmensa mayoría de los españoles, y la dificultad de tolerancia y pacto democrático que esto crea, a menudo, con el pretexto de que algo lo exige el evangelio y la ley natural, y estas dos fuentes citadas a la vez y sin empeño alguno por mostrar su diferencia y la distinta pretensión pública a la que dan lugar, esto hay que reconocerlo a hablar de nosotros mismos. No es un ejercicio de masoquismo, sino un servicio a la conversión con significados públicos. Claro que es suficiente, “con que los ciudadanos encuentren en sus respectivas conciencias religiosas fundamentos eficaces para el respeto a la libertad de los demás, actitudes claras y abiertas de tolerancia y colaboración”, pero ¿lo hacen de verdad, o cómo estamos en esto? Y “dejando que cada grupo viva tranquilo según sus propias convicciones y valores”, pero es difícil, muy difícil, esto de vivir tranquilos todos en unas sociedades tan diversas y complejas como las actuales. Hay que debatir, tolerar diferencias, pactar salidas democráticas y provisionales, y todo esto es complicado y hace sufrir. La misma “ley natural” nos saca de muchos apuros, pero nos mete en otros, si un grupo, religioso o laico, pretende conocerla para todos de manera inapelable y por razón de su particular inspiración. En quinto lugar, si “varias expresiones del Manifiesto hacen pensar que sus autores argumentan más desde una ideología laicista, previa al texto constitucional, que a partir del texto objetivo de la Constitución de 1978”, comparto esta sospecha, pero advierto que el texto constitucional del 78 es una realidad histórica, hermosa, pero histórica, que puede ser cambiada y acogerse a una conciencia moral compartida menos claramente católica y más laica. Mientras éste ahí, el argumento vale, cierto, pero puede cuestionarse democráticamente la mayor, es decir, que hoy el pueblo y la conciencia moral de ese pueblo es algo distinta. Es una hipótesis y la realidad cotidiana nos dice algo de esto, ¿o no? Presumir que 30 años no han supuesto nada en el aprecio de las bases éticas laicas de la democracia en detrimento de otras, no contrarias, pero sí más claramente religiosas y católicas, es negar la evidencia. Otra cosa es cómo y cuándo se recuenta esto, y ahí están al final las elecciones y los referendos, pero la sospecha es inapelable. Y en cuanto a la relaciones de colaboración con la Iglesia Católica, en particular el Concordato de 1979, y la regulación concreta de la enseñanza de la religión y moral católica en la escuela, esto puede se objeto de cambios, en el seno siempre de una democracia laica, que no necesariamente laicista. Desde luego lo relativo al nombramiento episcopal de los profesores de religión, o lo relativo al sueldo de los presbíteros a cuenta del Estado, (indirecta pero realmente), es democráticamente muy discutible. Por tanto, los católicos deberían oír que una democracia puede dar forma a sus relaciones con las religiones de muchos modos, y también a la enseñanza religiosa escolar, pero ninguno que suponga privilegio para ellas o falta de reconocimiento de derechos fundamentales para otros ciudadanos. Esto puede estar ocurriendo con leyes democráticas y acuerdos internacionales ayer legítimos. No siendo así, las formas son muchas y variadas, pero argumentar desde el Concordato, lleva el estigma de lo democráticamente perecedero. Por tanto, trato democrático, sí, sin privilegios ni merma de derechos para otros. Cuáles sean estos derechos y cómo, y si hay o no privilegios, ésta es la discusión y, de ahí, el diálogo y el pacto. Por fin, que el Estado contribuya a formar las conciencias de acuerdo con el “mínimo común ético constitucional”, no me parece algo reprobable por principio: según cómo y de qué se trate. Dar por supuesto que esto es competencia de la iniciativa civil, y supongo que en particular de las Iglesias, pues también, según cómo y de qué se trate. Presumo el protagonismo de la sociedad civil, pero es que todo esto sin la letra pequeña es engañoso. La subsidiariedad es necesaria y obligatoria, pero pueden darse situaciones de falta de iniciativa social o, por el contrario, situaciones de “monopolio de los grupos civiles más poderosos”, que obliguen a corregir y equilibrar medidas al servicio del bien común. Noto en el catolicismo actual, no digo en el texto que comento, una querencia por la iniciativa privada como sinónimo de libertad, igualdad e independencia moral. ¡Cuidado! Que de fondo, entre los laicistas y los ciudadanos religiosos hay una diferencia radical en cuanto a la antropología, la moral fundamental y el sentido final de la vida, es cierto, pero la traducción ética y política, en clave de democracia y de moral compartida, no tiene por qué ser imposible; al contrario, es necesaria, y es posible ver su razonable sentido, cuando fundamentalismos laicistas y religiosos dejan sus interesadas idolatrías, ¡que no su Evangelio!, y se atienen a la verdad de su común condición de seres humanos en la historia, iguales en dignidad, derechos, deberes y palabra. Y lo hacen obedientes en sus aportaciones a esos derechos y deberes, a partir de los más pobres, y con la única forma compartida que los seres humanos tienen para dar con la verdad: la razón y la experiencia de vida en las que van descubriendo, ¡con mil logros, tentaciones y fracasos!, lo que les humaniza y debería hacerse ley común. Agradezco al Sr. Arzobispo de Pamplona que me haya hecho pensar. José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete Vitoria-Gasteiz

Haz hoy mismo tu APORTACIÓN (Pinchar aquí)

Los comentarios están cerrados.